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domingo, 31 de agosto de 2014

UN CASO DE INMORALIDAD NO JUZGADO



Uno los temas de mayor sensibilidad dentro de la sociedad actual, es lo relacionado con la vida privada de las personas, la cual se cuida con tanto celo que las normas vigentes de la mayoría de la países civilistas del mundo, tipifican la intimidad como un derecho fundamental; en tal sentido no es extraño que este dogma moderno no solo se halla trasladado al cristianismo sino que además mutara en una forma de tolerancia al pecado tanto de la feligresía como de sus líderes, fomentada por una cultura de seudo espiritualidad cuyo criterio general considera pecado confrontar la vida disipada de sus miembros, por lo cual con frecuencia escuchamos decir “no es mi problema, allá él con Dios” “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”, utilizan además la máxima bíblica “no juzgues, para que no seas juzgado” Mateo 7:1,  sin entender que el sentido real de estas palabras no limita la posibilidad de encarar el error, por el contrario nos anima a limpiar nuestro ojo para luego ayudar a sacar la paja del ojo de mi hermano, Mateo 7:5, incluso muchos opinan que Jesús nunca participó en la denuncia de un pecador, estas personas tienen una comprensión distorsionada y deben  considerar el pasaje de Mateo 7:15-16, en donde Jesús advierte acerca de los falsos profetas, y  los pasajes de Apocalipsis 2: 5; 2: 20-23; 3:16 en donde El mismo señor Jesús confronta el pecado de las Iglesias de Éfeso, Tiatira y de Laodicea.

Un creyente verdadero debe considerar que si bien es cierto la vida cristiana es personal, esta no es privada ya en que cada momento requerirá mostrar su fe por medio de su estilo de vida Santiago 2:18, en tal sentido la Biblia se refiere a los cristianos como cartas conocidas y leídas por todos los hombres 2 corintios 3:2, señala además como primer requisito para los aspirantes a ejercer liderazgo que estos sean irreprensibles, es decir HOMBRES CONOCIDOS POR SU BUENA CONDUCTA Y PIEDAD CONSTANTE. 1 Timoteo 3:1; Tito 1:6, dice además “También es necesario que tenga buen testimonio de los de afuera, para que no caiga en descrédito y en lazo del diablo.” 1 Timoteo 3:7, por lo tanto no se debe considerar como un asunto privado el pecado que amenaza con la destrucción de la vida de un creyente y más aun cuando este afecta la unidad de la grey y deshonra la pureza de la iglesia, por tanto si usted se observa a un hermano en un situación moralmente comprometida, no solo puede sino debe confrontarlo, entendiendo además que esta labor no solo es responsabilidad de la autoridad eclesial (liderazgo) sino de cada creyente. “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.” Gálatas 6:1.

Muchos estiman a quienes pretenden encarar y exhortar al trasgresor, como carentes de amor y perdón, pero nada más alejado de la verdad, por el contrario permanecer pasivos antes hechos graves de inmoralidad dentro de la iglesia no solo es un mensaje inequívoco de ausencia de amor por el rebaño, sino también de desobediencia a los mandamientos de Cristo. Mateo 18 nos presenta instrucciones claras de cómo los creyentes deben tratar con el pecado en el cuerpo, a esto se le llama “disciplina de la Iglesia”, siendo siempre su fin supremo, la restauración del pecador “…ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano” Mateo 18:15, ya que al igual que la disciplina de los padres, Dios procura con ella la corrección y no la destrucción de sus hijos.

El proceso de la disciplina de la iglesia referido por Jesús en Mateo 18, describe cuatro pasos:

1. Exhórtale privadamente: Cuando reconocemos en algún cristiano una conducta reprochable, Jesús es tremendamente claro al determinar que nuestra primera acción deberá ser siempre reprender a solas al trasgresor   “Por tanto, si tu hermano peca contra ti, vé y repréndele estando tú y él solos;…” Mateo 18:15, la expresión “repréndele” usada en el griego original, da el sentido de convencerlo del error, por tanto se requiere una  información precisa de la ofensa en cuestión sea el trasgresor consiente o no de la misma, de manera que se percate de que su pecado es conocido, acepte su responsabilidad por la misma; si esta primera fase tiene éxito, es decir produce arrepentimiento y reconciliación, se le debe animar a restituir a quienes ofendió y a perseverar en esta nueva actitud, por  supuesto este será el fin del proceso de disciplina “…has ganado a tu hermano”, en sentido contrario se requerirá pasar al siguiente paso.

2. Toma uno o dos testigos: Desafortunadamente no siempre la confrontación privada redunda en arrepentimiento y por el contrario el confrontado se niega a oír, desmiente su culpabilidad, minimiza su responsabilidad, se auto justifica, por tanto es el momento del paso dos, allí se debe invitar a una o dos hermanos y junto con ellos confrontarlo una vez más “Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos,…” Mat 18:16; sobra aclarar que en la selección de estos testigos se debe tener en cuenta a hermanos de una madurez probada y de testimonio ejemplar.

Con este modelo establecido por la ley mosaica en Deuteronomio 19:15, se procura ejercer presión de tal forma que el ofensor entienda que este asunto ya empezó a ser parte de la comunidad (iglesia), también se busca un mejor criterio para determinar la culpabilidad de la persona cuestionada, pero principalmente el texto aduce “…para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra.” Mateo 18:16, es decir sean refrendarios (testigos y depositarios) de las palabras allí expuestas evitando así posteriores malentendidos. Como en el primer paso en el segundo se espera la restauración del hermano, sin embargo de no ser así hay todavía algo por hacer.

3. Dilo a la iglesia: En este punto es fácil encontrar voces que argumenten que seguir adelante sea cruel y poco perdonador, sin embargo hay que insistir que el objetivo deseado será siempre ganar al hermano, por lo tanto tenemos que creer y obedecer a lo que Dios dice es el proceso de disciplina y este involucra a TODA LA IGLESIA “Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia;… Mateo 18:17, es entendible que consideremos que sea más práctico delegar esta función en una sola persona, pero como vemos en el texto, la disciplina de la iglesia es una responsabilidad corporativa, de todas formas es la iglesia quien en últimas se ve mayormente afectada por el pecado permitido, este es el argumento utilizado por el apóstol Pablo al increpar a la iglesia de Corinto, ante la negativa de disciplinar a un hombre que tenia la mujer de su padre “No es buena vuestra jactancia. ¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa?” 1Corintios 5:6.

4. Tenle por gentil y publicano: Cuando llegamos a esta instancia se debe tener la seguridad de haber trasegado las tres etapas antes mencionadas de manera correcta y no haber obtenido el esperado arrepentimiento del impenitente, en este punto la única solución posible dada por el mismo señor Jesucristo es la separación del hermano ofensor, “… y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.” Mat 18:17, dicho de otra manera al no someterse a la disciplina de la iglesia, a esta persona se le debe considerar como inconverso (gentil y publicano) a esto también se le llama excomunión, la cual no implica que el tal sea discriminado, por el contrario se le debe seguir testificando para buscar su restauración, a esto es lo que hace referencia Pablo en el mismo caso de inmoralidad no juzgado en Corinto, “el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús.” 1Co 5:5.

Para culminar debemos reiterar una vez más el sentido restaurador que tiene la disciplina de la iglesia, por tanto la pasividad de muchos líderes y feligreses frente al pecado de la iglesia y que obedece al temor de ser vistos como poco amorosos y evitar posibles conflictos, no sólo destruye la integridad de una congregación cristiana sino también es una abierta oposición a la voluntad de Dios.

El que tiene oídos para oír, oiga.


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